La tecnología y la sociedad te vuelven inauténtico

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La modernidad está en gran medida construida sobre la idea de la invención del individuo. La exaltación de la idea del individuo autónomo, que persigue ideales como la libertad y la justicia y es capaz de autodeterminarse. Ese pensamiento viene de la herencia de la Ilustración y también de filosofías románticas como las de Nietzsche y Hegel. Sin embargo, esta noción del individuo como un ser autónomo se ha revelado como una construcción que en la práctica resulta ilusoria. El individuo que piensa por cuenta propia y se rige por sus propios valores resulta una hipótesis, una utopía. La tecnología es el arma del sistema para manipularnos y volvernos inauténticos.

En Ser y tiempo (1927), Martin Heidegger ofrece una descripción del hombre moderno en su cotidianidad, inmerso, “arrojado” o, incluso, “capturado” por lo que podemos llamar “sociedad. Heidegger utiliza el término das Man, que ha sido traducido como el “uno”, pero quizá sea mejor entendido como el “ellos”,  los “otros”, la publicidad misma, la esfera u opinión pública, la sociedad. Aunque el ser del hombre (Dasein) no está determinado por una esencia sino que es pura posibilidad, el hombre existe siempre en el mundo y con los otros. Al respecto escribe Heidegger:

El uno [das Man, el ellos] despliega una auténtica dictadura. Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del “montón” como se debe hacer; encontramos “irritante” lo que se debe encontrar irritante. El uno, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como la suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad.

La tecnología y la red social

El uno puede, por así decirlo, darse el lujo de que constantemente ‘se’ recurra a él”. Todos existimos en un mundo que aparentemente ya ha sido descubierto, definido y conquistado, al igual que los invenciones de la tecnología. Después de amoldarnos al mundo, podemos aflojar y dedicarnos a ser entretenidos por las maravillas que produce la sociedad iluminada. Nietzsche es contundente: “¡Cuán acogedor, cuán amigable se vuelve con nosotros el mundo tan pronto actuamos como todos los demás actúan y ‘nos dejamos’ ir como todo el mundo!” (Genealogía de la moral).

Heiddeger interpretaba que vivir absortos incluía tres aspectos: la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad. La esfera pública, los diarios y la radio son los temas en los que piensa, pero su análisis es aún más relevante. Cuando lo pensamos en relación a la actualidad, el das Man se ha materializado, de manera omnipresente, en la red social. Siempre estamos conectados al flujo de información, a la voz de la convencionalidad. Armados por la tecnología (que será el centro de la crítica posterior de Heidegger) y envalentonados por nuestra ilustración científica o cientificista, somos capaces de penetrar en todas partes decir lo que es el ser y definirlo para los demás.

La habladuría y lo irrelevante

Se establece así el imperio de la doxa. La información reemplaza a la sabiduría y se establece el imperio de la doxa: “La habladuría es la posibilidad de comprenderlo todo sin apropiarse previamente de la cosa”. Según Heidegger, la habladuría ahoga el llamado de la conciencia, que “sólo llama silenciosamente”, hacia “permanecer en la quietud del propio ser”.

Heidegger distingue la curiosidad del asombro o la “contemplación admirativa”. El thaumazein de los griegos que es para Aristóteles y Platón el origen de la filosofía y que está asociado primero con un “no-comprender”. Con la aceptación de un misterio y una apertura al ser. La curiosidad “procura un saber, pero tan sólo para haber sabido”. Es un saber instrumental, movido por la vanidad. Se busca conocer para poder participar en el “ellos” o para obtener estatus social. La curiosidad es el estado que caracteriza al hombre moderno informado, ávido de noticias, maravillado por la “innovación” y la tecnología.

La curiosidad

El asombro, que se caracteriza justamente por una intensidad de la atención, por quedarse con un único pensamiento u objeto (y sondearlo a profundidad, esperando sin violentar su manifestación) degenera en la curiosidad, que semeja a lo que en India la llaman “la mente de mono”, que constantemente cambia de rama, persiguiendo cada estímulo que aparece, incapaz de discernir lo que merece su atención indivisa.

Según Heidegger, “si busca lo nuevo, es sólo para saltar nuevamente desde eso nuevo a otra cosa nueva. Por eso, la curiosidad está caracterizada por una típica incapacidad de quedarse en lo inmediato. Llegamos al punto alarmante en el que estar recibiendo constantemente estímulos es considerado un bien general o un derecho (“estar conectados”). La distracción reemplaza a la contemplación. La distracción se vuelve el premio al final de la historia. Y distraernos juntos, la cumbre de la socialización. 

El acceso a la información por la tecnología: sabemos de todo y de nada a la vez

La ambigüedad es el resultado de la habladuría y de la mera curiosidad que define a la actitud que el ser humano tiene con el saber. El acceso indiscriminado a la información “permite que cualquiera puede decir cualquier cosa, pronto se hace imposible discernir entre lo que ha sido y no ha sido abierto en una comprensión auténtica”. Se produce un estupor ontológico en el que “todo parece auténticamente comprendido, aprehendido y expresado, pero en el fondo no lo está, o bien no lo parece, y en el fondo lo está”.

El modo en el que vemos aparecer esto con mayor predominio actualmente es en el consumo de información. “No sólo cada cual conoce y discute lo presente y lo que acontece, sino que además cada uno puede hablar de lo que va a suceder, de lo aún no presente, pero que ‘en realidad’ debiera hacerse. Cada uno ha presentido y sospechado ya siempre y de antemano lo que otros también presienten y sospechan”. Heidegger anticipa con gran lucidez  la tiranía de la opinión pública, de lo “políticamente correcto” y de la uniformización del pensamiento basada en el consumo de noticias y paquetes de entretenimiento comunes

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