El Ocio como apertura a lo trascendente

El verdadero sentido del ocio; una puerta o estado de apertura a lo trascendente, que la vorágine moderna nos ha hecho olvidar o negar.

El Ocio

Los pensadores antiguos -y por ellos nos referimos principalmente a los filósofos de la antigua Grecia y Roma, aunque también a las culturas primordiales de la humanidad-, ponderaban todos en su pedagogía, en la educación de su infancia, el otium, el ocio, que era la puerta a lo trascendente.

¿Qué era el otium para ellos? Se trataba de un tiempo holgado y reposado, presto para la contemplación de las cosas más nobles y altas: la puerta a lo trascendente. Este tiempo tanto podía traducirse en el cultivo de la poesía, la música, el canto, la danza; pero también en la distendida conversación, la edificante especulación filosófica, y por supuesto, los juegos y risas tan caros a la infancia.

Lo trascendente

Por lo mismo, y eminentemente, el otium es el tiempo legítimo y propicio para la oración, el diálogo íntimo y singular entre el alma y la divinidad, en el marco de la religiosidad que animaba todos los fenómenos culturales y sociales de los pueblos antiguos.

Así, el otium era asimilable a “la cuarta dimensión de la poesía” que mentara el poeta argentino Leopoldo Marechal en su famosa novela Adán Buenosayres: el hombre, por sus condiciones físicas y corpóreas, está sujeto a tres dimensiones, pero por su cualidad de ente espiritual y dotado de inteligencia, es capaz de “liberarse” de esas fuerzas, hasta dominarlas en pleno: es el dominio del arte, de las ideas: del ocio contemplativo, la puerta a lo trascendente.

El Neg-ocio

Y llegados a este punto, es interesante notar que la lengua latina admite entre sus partículas de negación la palabra “nec”, de tal manera que anteponiendo “nec” a “otium” logramos el vocablo “necotium”. El lector atento podrá entrever la implicancia a la que arribamos: “necotium”, la negación del ocio, es el origen etimológico de nuestra palabra actual “negocio; expresión que inunda nuestro diálogo cotidiano y no pocas de nuestras preocupaciones diarias: cómo andan nuestros negocios. Y no pensamos entonces en el mentado ocio, la puerta a lo trascendente.

Y existe todavía otro vocablo que nos gustaría analizar: nuestra palabra “escuela” etimológicamente significa “ocio”: sjolé (griego), schola (latín). La escuela como el espacio para un tiempo de ocio, de ocio contemplativo, opuesto radicalmente al nec-otium, al negocio. ¡Y pensar que sobreabundan hoy las “escuelas de negocios”, elevando por los aires sus edificios y sus matrículas!

Escuela para el ocio

Es preciso reivindicar el fin primordial de la escuela, que es la educación en el ocio. Todo cuanto venimos indicando es educar en y para el ocio. El ocio, como puerta a lo trascendente, atiende a los saberes “inútiles” para la vida: no son útiles, puesto que no tienen razones de “medios para”, sino de “fines en sí mismos”. ¿Para qué sirve leer, escribir, cantar, bailar, reír, llorar?

No tienen utilidad práctica, que redunde en beneficio económico –excepto que se conviertan en medios para la profesión: cantar para un cantante; llorar para un actor-. ¿Cuál es el precio del amor? ¿Cuál el precio del consuelo que nos da la religión? ¿Cuál el precio del refugio de la amistad?

Ocio y negocio

A todo esto se reduce el famoso tema del ocio, contrapuesto al tan difundido espíritu de negocios que hoy domina por todas partes. El otium contra su negación, el nec-otium. Todo esto toma mayor gravedad cuando advertimos la aceleración de la decadencia. A medida que nos acercamos al fin de este ciclo (de esta “edad de hierro”), la corrupción avanza con espiral creciente, que implica mayor destrucción en menor tiempo.

Basta observar atentamente el vértigo del hacer y del hablar que mantiene al hombre moderno paralizado, y distraído de la única actividad para la cual fue creado: el conocimiento y el servicio de lo más Alto, del Espíritu. El sujeto que nos rodea -que nos gobierna, que nos enseña, que nos emplea- es analogable a los ratoncitos domésticos que corren hasta el hartazgo en la rueda de sus jaulas, y que sin embargo no llegan jamás a ninguna parte.

La puerta a lo trascendente

Frente a la praxeología frenética y demoledora, es imperioso devolver al aula y al hogar el hábito contemplativo de la vida, el hábito theorético, es decir, aquel santo ocio que, por lo mismo que es santo, es ya enemigo de la pereza y nada tiene que ver con ella; sino que abre una puerta, la puerta a lo trascendente.

Recuperar el ocio, es recuperar una apertura a lo trascendente que devuelva el sentido a nuestras vidas: restaurar la brújula, y con ella recuperar el Norte del camino por andar y hacer. Recuperemos el ocio, la puerta a lo trascendente.

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